CAPÍTULO III
Origen de las proteínas primitivas
En los inicios del siglo XIX
imperaba la idea errónea de que las complejas sustancias orgánicas que integran
los animales y las plantas –los azúcares, las proteínas, las grasas, etc.- sólo
podían obtenerse de los seres vivos, y que era de todo punto imposible junta
esas sustancias en un laboratorio, quizá porque se pensaba que sólo podían
originarse en los organismos vivos con la ayuda de una fuerza especial, a la
que se denominaba “fuerza vital”. Pero los innumerables trabajos efectuados en
los siglos XIX y XX por los investigadores dedicados a la química orgánica
acabaron con ese prejuicio. De suerte que hoy día, utilizando los hidrocarburos
y sus derivados más simples como material básico podemos obtener por vía
química sustancias tan propias de los organismos, como son los diversos
azúcares y grasas, innumerables pigmentos vegetales, como la alizarina y el
índigo, sustancias que dan a las flores y a los frutos su color, o aquellas
otras de las cuales se deriva su sabor y aroma, las diferentes terpenos, las
sustancias curtientes, los alcaloides, el caucho, etc. Actualmente ya se ha
logrado sintetizar incluso cuerpos tan complejos y de tan alta actividad
biológica como las vitaminas, los antibióticos y algunas hormonas. Debido a eso
sabemos que la “fuerza vital” ha sido totalmente desalojada del campo
científico, quedando totalmente aclarado que todas las sustancias que pasan a
formar parte de los animales y de los vegetales pueden, en principio, ser
obtenidas también al margen de los organismos vivos, independientemente de la
vida.
Cierto también que en la Tierra no
se observa la formación de sustancias orgánicas en condiciones naturales más
que en los organismos vivos, pero esto sólo está ocurriendo en el actual
período de la evolución de la materia en la Tierra. Como queda dicho en el
capítulo anterior, las sustancias orgánicas más simples –los hidrocarburos y
sus derivados más inmediatos- se forman en los cuerpos celestes que nos rodean
sin ninguna relación con la vida; es decir, en condiciones tales, que se
excluye por completo la idea de vida en ellos. También en nuestro planeta esas
sustancias se formaron al principio a consecuencia de las reacciones que se
produjeron entre las sustancias inorgánicas, mucho antes de la aparición de
vida.
Los hidrocarburos y sus derivados
más simples contienen inmensas posibilidades químicas. Ellos son, justamente,
los que forman parte de la materia prima utilizada por los químicos modernos
para obtener en sus laboratorios las variadas sustancias orgánicas que se hallan
en los organismos vivos y a las que ya nos referimos más arriba.
Cabe hacer notar el hecho de que
los químicos usan para sus trabajos de síntesis reacciones diferentes a las que
observamos en los seres vivos. Para obligar a las sustancias orgánicas a reaccionar
entre ellas con rapidez y en la forma necesaria, los químicos emplean
frecuentemente la acción de ácidos y álcalis fuertes, altas temperaturas,
grandes presiones y otros muchos análogos. Los químicos disponen de múltiples
procedimientos que les permiten realizar las reacciones más disímiles.
En los organismos vivos, en
condiciones naturales, la síntesis de las diversas sustancias orgánicas se hace
de un modo totalmente diferente. Aquí no existen sustancias de fuerte acción ni
altas temperaturas como las del arsenal de los químicos. La reacción del medio
es casi siempre neutral, y a pesar de eso en los organismos vivos se da un gran
número de cuerpos químicos de naturaleza muy distinta y a veces muy complejos.
Esta misma diversidad de
sustancias producidas por los organismos animales y vegetales era lo que hacía
pensar a los investigadores de otros tiempos que en la célula viva se producían
numerosísimas reacciones de los tipos más variados. Pero un estudio más
profundo nos demuestra que realmente no ocurre así. A pesar de la enorme
cantidad de sustancias que integran los organismos vivos, no cabe duda que la
totalidad de ellas se formaron por medio de reacciones relativamente simples y
muy parecidas. Las transformaciones químicas que sufrieron las sustancias
orgánicas en la célula viva tienen por base fundamental tres tipos de
reacciones. El primero: la condensación o alargamiento de la cadena de átomos
de carbono y el proceso inverso, la ruptura de los enlaces entre dos átomos de
carbono. El segundo: la polimerización o combinación de dos moléculas orgánicas
por medio de un puente de oxígeno o nitrógeno, y por otra parte, el proceso
inverso o hidrólisis. Finalmente, la oxidación y, ligada a ella, la reducción
(reacciones de óxido-reducción). Además, en la célula viva son bastante
frecuentes las reacciones, mediante las cuales el ácido fosfórico, el nitrógeno
amínico, el metilo y otros grupos químicos se trasladan de una molécula a otra.
Todos los procesos químicos que se
llevan a cabo en el organismo vivo, todas las mutaciones de las sustancias, que
conducen a la formación de cuerpos muy distintos, pueden, en último caso,
reducirse a estas reacciones simples o a todas ellas juntas. El estudio del
quimismo de la respiración, de la fermentación, de la asimilación, de la
síntesis y de la desintegración de las diversas sustancias indica que todos
estos fenómenos se apoyan en largas cadenas de transformaciones químicas, cuyos
diferentes eslabones están representados por las reacciones que acabamos de enumerar.
Todo depende, únicamente, del orden en que se vayan sucediendo las reacciones
de distinto tipo. Si la primera reacción es, por ejemplo, de condensación, y a
ella le sigue un proceso de oxidación y, luego, otra condensación, entonces
resulta un cuerpo químico, o sea, un producto de la transformación; por el
contrario, si a la condensación se aúna una polimerización y a ésta una
oxidación o una reducción, no cabe duda que se obtendrá otra sustancia.
Sucede, entonces, que la
complejidad y la diversidad de las sustancias que se forman en los organismos
vivos dependen exclusivamente de la complejidad y diversidad con que se
combinan las reacciones simples de los tipos que hemos expuesto más arriba.
Ahora bien, si observamos acuciosamente estas reacciones, notaremos que muchas
de ellas poseen un rasgo característico común, una particularidad común, lo
cual se produce con la participación inmediata de los elementos del agua. Estos
elementos se combinan con los átomos de carbono de la molécula de la sustancia
orgánica, o bien se desprenden, separándose de ella. Esta reacción entre los
elementos del agua y los cuerpos orgánicos constituye la base fundamental de
todo el proceso vital. Gracias a ella tienen lugar las numerosas
transformaciones de las sustancias orgánicas que se forman actualmente en
condiciones naturales, dentro de los organismos. Aquí, estas reacciones se
efectúan con gran rapidez y en un orden de sucesión muy estricto; todo ello
gracias a ciertas condiciones especiales, a las que nos referiremos un poco más
adelante. Pues bien, aparte de estas condiciones, fuera de los organismos vivos
también encontramos esta reacción entre el agua y las sustancias orgánicas,
aunque su desarrollo sea mucho más lento.
Los químicos habían logrado ya,
hace tiempo, numerosas síntesis obtenidas por esta reacción al guardar
simplemente por más o menos tiempo soluciones acuosas de distintas sustancias
orgánicas. En estos casos, las sencillas y diminutas moléculas de los
hidrocarburos y de sus derivados, formadas por un pequeño número de átomos, se
combinan entre ellas mediante los más variados procedimientos, formando así
moléculas de mayor tamaño y de estructura más compleja. En 1861, nuestro
eminente compatriota A. Bútlerov demostró ya que si se diluye formalina (cuya
molécula está formada por un átomo de carbono, un átomo de oxígeno y dos átomos
de hidrógeno) en agua calcárea y se guarda esta solución en un lugar templado,
pasado cierto tiempo se comprueba que la solución adquiere sabor dulce. Después
también se demostró que en esas condiciones seis moléculas de formalina se
combinan entre ellas para formar una molécula de azúcar de mayor tamaño y de
estructura más compleja.
El académico A. Baj, padre de la
bioquímica soviética, retuvo durante mucho tiempo una mezcla de soluciones
acuosas de formalina y de cianuro potásico, verificando posteriormente que de
esta mezcla se podía aislar una sustancia nitrogenada de gran peso molecular y
que daba algunas reacciones distintivas de las proteínas.
Se podrían enumerar centenares de
ejemplos análogos, pero lo dicho ya es suficiente para tener idea de esa
capacidad tan notable de las sustancias orgánicas más sencillas para
transformarse en cuerpos más complejos y de elevado peso molecular cuando se guardan
simplemente sus soluciones acuosas.
Las condiciones existentes en las
aguas del océano primitivo en el tiempo que nos ocupa no eran muy diferentes de
las condiciones que reproducimos en nuestros laboratorios. Por eso pensamos que
en cualquier parte de aquel océano, en cualquier laguna o charco en proceso de
desecación, debieron surgir las mismas sustancias orgánicas complejas que se
produjeron en el matraz de Bútlerov, en la vasija de Baj y en otros
experimentos análogos.
De más está decir que en esa
solución de sustancias orgánicas tan simples, como eran las aguas del océano
primitivo, las reacciones no se realizaban en determinada escala, no seguían
ningún orden. Por el contrario, poseían un carácter desordenado y caótico. Las
sustancias orgánicas podían sufrir al mismo tiempo diferentes transformaciones
químicas, seguir distintos caminos químicos, originando innumerables y variados
productos. Pero desde el primer instante se pone en evidencia determinada
tendencia general a la síntesis de sustancias cada vez más complejas y de peso
molecular más y más elevado. Así se explica que en las aguas tibias del océano
primitivo de la Tierra se formaran sustancias orgánicas de elevado peso
molecular, parecidas a las que ahora encontramos en los animales y vegetales.
Si estudiamos la formación de las
diversas sustancias orgánicas complejas en la capa acuosa de la Tierra, debemos
preocuparnos especialmente de la formación de las sustancias proteínicas en
esas condiciones. Las proteínas desempeñan una función de extraordinaria
importancia, un papel realmente decisivo, en la formación de la “sustancia
viva”. El protoplasma, sustrato material de la constitución del cuerpo de los
animales, de las plantas y de los microbios, siempre contiene una importante
cantidad de proteínas. Engels había señalado ya que “siempre que nos
encontramos con la vida, la vemos ligada a algún cuerpo albuminoideo
(proteínico), y siempre que nos encontramos con algún cuerpo albuminoideo que
no esté en descomposición, hallamos sin excepción fenómenos de vida”.
Estas palabras de Engels tuvieron
una total confirmación en los trabajos realizados por los investigadores
modernos. Y es que se ha demostrado que las proteínas no son, como antes se
creía, simples elementos pasivos de la estructura del protoplasma, sino que,
por el contrario, participan directa y activamente en el recambio de sustancias
y en otros fenómenos de la vida. Por tanto, el origen de las proteínas
significa un importantísimo eslabón del proceso evolutivo seguido por la
materia, de ese proceso que ha dado origen a los seres vivos.
En los finales del siglo pasado y
comienzos de éste, cuando la química de las proteínas aún estaba por
desarrollarse, algunos hombres de ciencia creían que las proteínas entrañaban
un principio misterioso especial, unas agrupaciones atómicas específicas y que
eran las generadoras de la vida. Visto desde ese ángulo, el origen primitivo de
las proteínas parecía enigmático y hasta se creía poco probable que tal origen
hubiese tenido lugar. Pero si ahora examinamos este problema desde el punto de
vista de las ideas actuales referente a la naturaleza química de la molécula
proteínica, todo él adquiere un aspecto absolutamente opuesto.
Sintetizando esquemáticamente los
últimos adelantos obtenidos por la química de las proteínas, debemos señalar ante
todo la circunstancia de que en nuestros días conocemos muy bien las distintas
partes –los “ladrillos”, pudiéramos decir- que forman la molécula de cualquier
proteína. Porque esos “ladrillos” son precisamente los aminoácidos, sustancias
bien conocidas por los químicos actualmente.
En la molécula proteínica, los
aminoácidos están ligados entre sí mediante enlaces químicos especiales,
formando así una larga cadena. El número de moléculas de aminoácidos que
integran esta cadena cambia, según las distintas proteínas, de algunos
centenares a varios miles. Es por eso que dicha cadena suele ser muy larga.
Tanto que, en la mayoría de los casos, la cadena aparece enrollada, formando un
enredado ovillo, cuya estructura sigue, no obstante eso, un determinado orden.
Este ovillo es lo que, en realidad, constituye la molécula proteínica.
Por consiguiente, tiene vital
importancia el hecho de que cada sustancia proteínica esté constituida por
aminoácidos muy diferentes. De suerte que podemos afirmar que la molécula proteínica
está integrada por “ladrillos” de distintas clases. En la actualidad se conocen
cerca de treinta aminoácidos distintos que forman parte de la constitución de
las proteínas naturales. Se sabe también que algunas proteínas llevan en su
molécula todos los aminoácidos conocidos; otras, por el contrario, son menos
favorecidas en aminoácidos. Las propiedades químicas y físicas de cualquiera de
las proteínas conocidas dependen cardinalmente de los aminoácidos que la
componen.
No obstante, debemos tener
presente que las moléculas de aminoácidos que constituyen la cadena proteínica
no están unidas entre sí en cualquier forma, al azar, sino en estricto orden,
propio y exclusivo de esa proteína. Por tanto, las propiedades físicas y
químicas de cualquier proteína; su capacidad de reaccionar químicamente con
otras sustancias; su solubilidad en el agua, etc., no sólo dependen de la
cantidad y de la variedad de los aminoácidos que componen su molécula, sino
también del orden en que estos aminoácidos están ligados uno tras otro en la
cadena proteínica.
Dicha estructura hace posible la
existencia de una variedad infinita de proteínas. La albúmina del huevo que
todos conocemos, no es sino una proteína y, además –por añadidura-,
relativamente sencilla. En cambio son mucho más complejas las proteínas de
nuestra sangre, de nuestros músculos y del cerebro. En todo ser vivo, en cada
uno de sus órganos hay centenares, miles de proteínas distintas, y cada especie
animal o vegetal tiene sus proteínas propias, exclusivas de esa especie. Como
ejemplo natural, hay que señalar que las proteínas de la sangre humana son algo
diferentes a las de la sangre de un caballo, de una vaca o de un conejo.
De ahí que por esa extraordinaria
variedad de proteínas se presenta la dificultad de lograrlas por vía artificial
en nuestros laboratorios. Sin embargo, hoy día ya podemos obtener fácilmente
cualquier aminoácido a partir de los hidrocarburos y el amoníaco. Y,
naturalmente, tampoco ofrece para nosotros grandes dificultades la unión de estos
aminoácidos para formar largas cadenas, parecidas a las que forman la base de
las moléculas proteínicas, consiguiendo así sustancias realmente parecidas a
las proteínas (sustancias proteinoides). Empero, esto no basta para reproducir
artificialmente cualquiera de las proteínas que ya conocemos como, por ejemplo,
la albúmina de nuestra sangre o la de la semilla del guisante. Para eso es
necesario unir en cada cadena centenares de miles de aminoácidos diferentes, y
además, en un orden muy especial, justamente en el orden en que se encuentran
en esa proteína concreta.
Mas si tomamos una cadena
compuesta solamente por cincuenta eslabones, con la particularidad de que estos
eslabones son de veinte clases distintas, al combinarlos en diversas formas
podemos lograr una gran variedad de cadenas. El número de esas cadenas,
diferenciadas por la distinta disposición de sus eslabones, puede expresarse
por la unidad seguida de cuarenta y ocho ceros, o sea, por una cifra que se
puede obtener si multiplicamos un millón por un millón, el resultado otra vez
por un millón, y así hasta siete veces. Y si tomásemos esa cantidad de
moléculas de proteínas y formásemos con ellas un cordón de un dedo de grueso,
podríamos estirarlo alrededor de todo nuestro sistema estelar, de un extremo a
otro de la Vía Láctea.
Pues bien, la cadena de
aminoácidos de una molécula proteínica de tamaño mediano, no está formada por
cincuenta sino por varios centenares de eslabones, y no contiene veinte tipos
de aminoácidos, sino treinta. De ahí que el número de combinaciones aumente
aquí en muchos cuatrillones de veces.
Para obtener artificialmente una
proteína natural, hay que escoger de entre esas múltiples combinaciones la que
nos dé justamente una disposición de los aminoácidos en la cadena proteínica
que coincida exactamente con la de la proteína natural que queremos lograr. Es
natural, pues, que si vamos uniendo de cualquier modo los aminoácidos para
constituir la cadena proteínica, jamás llegaremos a lograr nuestro propósito.
Esto es lo mismo que si revolviendo y agitando un montón de tipos de imprenta
en el que hubiese veinticinco letras distintas, esperásemos que en un momento
determinado pudieran agruparse para formar una poesía conocida.
Solamente podremos reproducir esa
poesía si sabemos bien la disposición de las letras y de las palabras que la
componen. De la misma manera, sólo conociendo la distribución exacta de los
aminoácidos en la cadena proteínica en cuestión podremos estar seguros de la
posibilidad de reproducirla artificialmente en nuestro laboratorio.
Desgraciadamente, hasta este momento sólo se ha podido determinar el orden de
colocación de los aminoácidos en algunas de las sustancias proteínicas más
simples. Es por eso que aún no se han podido obtener artificialmente las
complejas proteínas naturales.
Pero esto será solamente cosa de
tiempo porque, en principio, nadie duda ya de la posibilidad de lograr
proteínas por vía artificial.
Pero lo que en este caso nos
importa, no es admitir en principio la posibilidad de sintetizar las proteínas
o las sustancias proteinoides. Para nosotros, lo interesante es tener idea muy
clara y concreta de cómo han surgido por vía natural esas sustancias orgánicas;
las más complejas de todas, en las condiciones en que en cierto tiempo
surgieron en la superficie de nuestro planeta. Hasta hace poco no se podía dar
a esta pregunta una respuesta con base experimental; pero en la primavera de
1953, en un experimento realizado con este fin, de una mezcla de metano,
amoníaco, vapor de agua e hidrógeno, se obtuvieron varios aminoácidos en unas
condiciones que reproducían en forma muy parecida a las que existieron en la
atmósfera de la Tierra en sus comienzos.
Muchas más dificultades presenta
la unión de estos aminoácidos para formar moléculas de sustancias proteinoides;
dificultades debidas a que, en condiciones naturales, ante la síntesis de esas
sustancias, se levanta una gran barrera energética. Así es que, para obtener la
unión de las moléculas de aminoácidos y formar polipéptidos, se precisa un
enorme gasto de energía (unas 3.000 calorías).
En las síntesis que se obtienen en
los laboratorios, esta dificultad puede evitarse mediante procedimientos
especiales; pero con la simple conservación de soluciones acuosas de
aminoácidos, esa reacción no se produce, a diferencia de lo que sucede en el
caso citado de la formalina y el azúcar.
A pesar de estos tropiezos, en los
últimos años se han obtenido en este sentido resultados halagadores. Sobre
todo, se ha podido demostrar que cuando se seleccionan acertadamente los
aminoácidos, la energía necesaria para realizar la síntesis se puede reducir en
forma considerable; de suerte que hay ocasiones en que es posible recuperarla
mediante determinadas reacciones concomitantes. Para nosotros son de sumo
interés los experimentos realizados recientemente en Leningrado por el profesor
S. Brésler. Teniendo presente que el consumo de energía suficiente para lograr
la formación de polipéptidos a partir de una solución acuosa de aminoácidos,
puede ser compensado por el gasto de la energía liberada mediante la acción de
la presión exterior, Brésler efectuó la síntesis bajo presiones de varios miles
de atmósferas. Así pues, trabajando en estas condiciones con aminoácidos y otros
productos de la desintegración proteínica, pudo sintetizar cuerpos proteinoides
de muy considerable peso molecular, en los que diferentes aminoácidos aparecían
unidos entre sí, formando polipéptidos. Estos experimentos nos demuestran la
gran posibilidad de sintetizar proteínas o sustancias proteinoides mediante el
concurso de las altas presiones que pueden producirse fácilmente en condiciones
naturales en la Tierra, como sucede en las grandes profundidades de los
océanos.
Por tanto, la química moderna de
las proteínas nos está revelando que en una época remota de la Tierra, en su
capa acuosa, pudieron y debieron formarse sustancias proteinoides. Desde luego,
estas “proteínas primitivas” no podían ser exactamente iguales a ninguna de las
proteínas que existen ahora, pero sí se parecían a las proteínas que conocemos.
En sus moléculas, los aminoácidos estaban unidos por los mismos enlaces que en
las proteínas actuales. Lo distinto aparecía solamente en que la disposición de
los aminoácidos en las cadenas proteínicas era diferente, es decir, menos
ordenada.
Mas esas “proteínas primitivas” ya
tenían, tal como las actuales, unas moléculas enormes e innumerables
posibilidades químicas. Y fueron justamente esas posibilidades las que
determinaron el papel de excepcional importancia efectuado por las proteínas en
el proceso ulterior de la materia orgánica.
Naturalmente que el átomo de
carbono de la atmósfera estelar no era todavía una sustancia orgánica, pero su
extraordinaria facilidad para combinarse con el hidrógeno, el oxígeno y el
nitrógeno llevaba implícita la posibilidad, en determinadas condiciones de
existencia, de poder formar sustancias orgánicas. Exactamente lo mismo ocurrió
con las proteínas primitivas, pues en sus grandes propiedades encerraban posibilidades
que habrían de conducir forzosamente, en determinadas condiciones del
desarrollo de la materia, a la formación de seres vivos. Así es como en las
fases del desarrollo de nuestro planeta, en las aguas de su océano primitivo,
debieron constituirse numerosos cuerpos proteinoides y otras sustancias
orgánicas complejas, seguramente parecidas a las que en la actualidad integran
los seres vivos. Pues bien, como es natural, se trataba solamente de materiales
de construcción. No eran, valga la frase, sino ladrillos y cemento, materiales
con los que se podía construir el edificio, pero éste, como tal, no existía
todavía. Las sustancias orgánicas se encontraban únicamente, y en forma simple,
disueltas en las aguas del océano, con sus moléculas dispersas en ellas sin
orden ni concierto. Naturalmente, faltaba aún la estructura, es decir, la organización
que distingue a todos los seres vivos.
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