CAPÍTULO IV
Origen de las primitivas formaciones coloidales
Como ya hemos visto, en el
capítulo anterior, en el proceso evolutivo de la Tierra debieron formarse en
las aguas del océano primario sustancias orgánicas muy complejas y diversas,
parecidas a las que integran los actuales organismos vivos. Pero entre estos
últimos y la simple solución acuosa de sustancias orgánicas hay, desde luego,
una gran diferencia.
El fundamento de todo organismo
vegetal o animal, es decir, la base de los cuerpos de los distintos hongos,
bacterias, amibas y otros organismos sumamente simples, es el protoplasma, el
substrato material en el que se desarrollan los fenómenos vitales. En su
aspecto exterior, el protoplasma sólo es una masa viscosa semilíquida de color
grisáceo, en cuya composición –aparte del agua- se encuentran, principalmente,
proteínas y otras varias sustancias orgánicas y sales inorgánicas. Mas no es
sólo una simple mezcla de estas sustancias. Pues el protoplasma tiene una
organización muy compleja. Esta organización se muestra, en primer lugar, a
través de una determinada estructura, en cierta distribución espacial recíproca
de las partículas que constituyen las sustancias del protoplasma y, en segundo
lugar, en una determinada armonía, con cierto orden y con determinada
regularidad de los procesos físicos y químicos que se efectúan en él.
Por tanto, la materia viva está
representada en nuestros días por organismos, por sistemas individuales que
tienen cierta forma y una sutil estructura interior u organización. Nada
parecido pudo existir, como es lógico, en las aguas de ese océano primitivo,
cuya historia hemos examinado en el capítulo anterior. El estudio de distintas
soluciones, entre ellas las de sustancias orgánicas, demuestra que en ellas las
diversas partículas están repartidas de una manera más o menos regular por todo
el volumen de disolvente, encontrándose en constante y desordenado movimiento.
Por tanto, la sustancia que nos ocupa se encuentra aquí indisolublemente
fundida con el medio que la rodea y, además, no posee una estructura precisa,
con base en la disposición regular de unas partículas con respecto de otras.
Sin embargo, nosotros no podemos concebir un organismo que no posea una
estructura y esté totalmente disuelto en el medio ambiente. De ahí que en el
camino que conduce de las sustancias orgánicas a los seres vivos surgieran
seguramente unas formas individuales, unos sistemas especialmente delimitados
en relación con el medio ambiente y con una especial disposición interior de
las partículas de la materia.
Las sustancias orgánicas de bajo
peso molecular, como por ejemplo, los alcoholes o los azúcares, al ser
disueltas en el agua se desmenuzan en alto grado y se distribuyen en idéntica
forma, por toda la solución, de moléculas sueltas que quedan más o menos
independientes unas de otras. Por eso sus propiedades dependerán principalmente
de la estructura de las propias moléculas y de la disposición que adopten en
ellas los átomos de carbono, hidrógeno, oxígeno, etc.
Pero conforme va creciendo el
tamaño de las moléculas, a estas leyes sencillas de la química orgánica van agregándose
otras nuevas, más complejas, cuyo estudio es objeto de la química de las
coloides. Las soluciones más o menos diluidas de sustancias de leve peso
molecular, son sistemas perfectamente estables en los que el grado de
fraccionamiento de la sustancia y la uniformidad de su distribución en el
espacio no cambian por sí solos. En cambio, las partículas de los cuerpos de
elevado peso molecular dan soluciones coloidales, que se reconocen por su
relativa inestabilidad. Bajo la influencia de diversos factores, estas
partículas tienden a combinarse entre ellas y a formar verdaderos enjambres, a
los que se les denomina agregados o complejos. Sin embargo, sucede a menudo que
este proceso de unión de partículas tiene tanta intensidad que la sustancia
coloidal se separa de la solución dejando sedimento. Este proceso es lo que
llamamos coagulación.
Otras veces no alcanza a formar el
sedimento, pero siempre se altera hondamente la distribución uniforme de las
sustancias en la solución. Las sustancias orgánicas disueltas se concentran en
determinados puntos, se forman unos coágulos en los que las distintas moléculas
o partículas se hallan ligadas entre sí en determinada forma, por lo que surgen
nuevas y complejas relaciones determinadas no sólo por la disposición de los
átomos en las moléculas, sino también por la disposición que toman unas
moléculas en relación con otras.
Tomemos dos soluciones de
sustancias orgánicas de alto peso molecular, por ejemplo: una solución acuosa
de jalea y otra similar de goma arábiga. Ambas son transparentes y homogéneas;
en ellas la sustancia orgánica se encuentra totalmente fundida con el medio
ambiente. Las partículas de las sustancias orgánicas que hemos tomado están
uniformemente distribuidas en el disolvente. Mezclemos ahora las dos soluciones
y observemos inmediatamente que la mezcla se enturbia. Y si la examinamos al
microscopio podremos ver que en las soluciones, antes homogéneas, han aparecido
unas gotas, separadas del medio ambiente por una veta divisoria.
Lo mismo sucederá si mezclamos
soluciones de otras sustancias de elevado peso molecular, sobre todo si
mezclamos diferentes proteínas. En estos casos se forma algo así como un
amontonamiento de moléculas en determinados lugares de la mezcla. Por eso a las
gotas que aquí se forman se les dio el nombre de coacervados (del latín
acervus, montón). Estas agrupaciones tan interesantes han sido estudiadas en
forma detallada y se continúan estudiando en los laboratorios de Bungenberg, de
Jong y de Kruit, en el laboratorio de bioquímica de las plantas de la
Universidad de Moscú y en varios otros. Al someter a un análisis químico los
coacervados y el líquido que los rodea, se puede ver que toda la sustancia
coloidal (por ejemplo, toda la gelatina y toda la goma arábiga del caso que acabamos
de citar), se ha concentrado en los coacervados y que en el medio circundante
casi no quedan moléculas de esta sustancia. A su alrededor solamente hay agua
casi pura, pero dentro de los coacervados, las sustancias aludidas se
encuentran tan concentradas, que más parece tratarse de una solución de agua de
gelatina y goma arábiga y no al revés. A ello se debe la propiedad, tan
característica de los coacervados, de que sus gotas, a pesar de ser líquidas y
estar impregnadas de agua, jamás se mezclan con la solución acuosa que las
circunda.
Esta misma cualidad posee el
protoplasma de los organismos vivos. Si partimos una célula vegetal y extraemos
en agua su protoplasma, observamos que, a pesar de su consistencia líquida, no
se mezcla con el agua circundante, sino que flota en ella formando
bolitas muy delimitadas y aparte de la solución. Este parecido entre los
coacervados artificiales y el protoplasma no es simplemente algo externo. La
conclusión de los trabajos realizados en estos últimos años es que el
protoplasma se encuentra, efectivamente, en estado coacervático. Aclarando que:
la estructura del protoplasma es, por supuesto, mucho más complicada que la de
los coacervados artificiales, porque, entre otros motivos, en el protoplasma no
se encuentran presentes dos sustancias coloidales, como en el ejemplo
anteriormente citado, sino muchas más. A pesar de esto, varias propiedades
físicas y químicas del protoplasma, como son su capacidad de formar vacuolas,
su ambición, permeabilidad, etc., solamente se pueden comprender estudiando los
coacervados.
Una cualidad muy importante
de los coacervados es que, a pesar de su consistencia líquida, tienen cierta
estructura. Las moléculas y las partículas coloidales que los estructuran no se
encuentran distribuidas en ellos al azar, sino colocadas entre sí en
determinada forma espacial.
En algunos coacervados se logra
ver al microscopio algunas estructuras, pero éstas son muy inestables y sólo
duran lo que las fuerzas que han determinado esa disposición de las partículas.
Pequeñas variantes pueden producirse hasta que el coacervado se desintegre en
moléculas sueltas, disolviéndose en el medio circundante. Otras veces ocurre al
contrario, el coacervado se hace más compacto, su viscosidad interna crece y
puede llegar a tomar un aspecto gelatinoso, la estructura se complica y se
torna más duradera. Estos cambios sufridos por los coacervados pueden ser
producidos por cambios operados en las condiciones exteriores o bajo el influjo
de alteraciones químicas internas.
Tenemos, entonces, que los
coacervados presentan determinada forma rudimentaria de organización de la
materia, aunque esta organización es todavía muy primitiva y totalmente
inestable. A pesar de esto, dicha organización ya permite precisar numerosas
propiedades de los coacervados. En éstos destaca sobre todo su capacidad de
absorber diferentes sustancias que se hallan en la solución. Se puede demostrar
en forma muy fácil esta propiedad si agregamos distintos colorantes al líquido
que rodea a los coacervados, porque veremos al momento cómo la sustancia
colorante pasa rápidamente de la solución a la gota del coacervado.
Muchas veces ese fenómeno se
complica con una serie de transformaciones químicas que se producen dentro del
coacervado. Las partículas absorbidas por el coacervado reaccionan químicamente
con las mismas sustancias del propio coacervado. Y a causa de esto las gotas
del coacervado a veces aumentan de volumen y crecen a expensas de las
sustancias absorbidas por él del líquido circundante.
En esas ocasiones no solamente se
produce un aumento de volumen y de peso de la gota, sino que también cambia
considerablemente su composición química. Por tanto, notamos que en los
coacervados se pueden producir determinados procesos químicos.
Es de vital importancia el hecho
de que el carácter y la rapidez de esos procesos dependan en gran medida de la
estructura físico-química de dicho coacervado, para que puedan ser de distinta
naturaleza en los diversos coacervados.
Luego de haber visto las
propiedades de los coacervados, retrocedamos ahora a los cuerpos proteinoides
de elevado peso molecular que se formaron en la primitiva capa acuosa de la
Tierra. Pues bien, como ya dijimos, las moléculas de estos cuerpos, a semejanza
de las moléculas de las proteínas actuales, poseían en su superficie varias
cadenas laterales dotadas de diferente función química, debido a lo cual, a
medida que iban creciendo y haciéndose más complejas las “proteínas
primitivas”, debieron aparecer ineludiblemente nuevas relaciones entre las
diversas moléculas. En efecto, ninguna molécula podía existir aislada de las
demás, debido a lo cual fue forzoso que se estructuraran verdaderos enjambres o
montones de moléculas, complicadas agrupaciones de partículas que poseían una
naturaleza heterogénea, ya que estaban integradas por moléculas proteicas de
distinto tamaño y diferentes propiedades. De aquí apareció, sin duda, como una
necesidad imperiosa la concentración de la sustancia orgánica en determinados
puntos del espacio. Antes o después, en este o en el otro extremo del océano
primitivo, de la solución acuosa de diferentes sustancias proteínicas, debieron
separarse, sin duda, gotas de coacervados. Mas ya vimos anteriormente que las
condiciones para la formación de los coacervados son sencillas. Basta con
mezclar simplemente las soluciones de dos o varias sustancias orgánicas de alto
peso molecular. Por tanto, es posible asegurar que tan pronto como en la
primitiva hidrosfera terrestre se formaron diversos cuerpos proteinoides de
peso molecular más o menos elevado, inmediatamente debieron surgir también los
coacervados.
Para la formación de los
coacervados ni siquiera pudo ser un obstáculo la concentración, un tanto débil,
de las sustancias orgánicas en el océano primitivo.
Las aguas de los mares y océanos
actualmente contienen ínfimas cantidades de sustancias orgánicas, originadas
por la desintegración de los organismos muertos.
Estas sustancias son, en su gran
mayoría, absorbidas por los microorganismos que viven en el agua, para los
cuales constituyen el alimento básico. Pero hay casos, no muy
frecuentes, en las profundidades de los abismos del mar, en que las sustancias
orgánicas pueden librarse de ser atacadas por los microbios y seguir intactas
durante un plazo relativamente corto. Los datos obtenidos mediante el estudio
de los fondos abismales fangosos, señalan que en esas condiciones las
sustancias orgánicas disueltas crean sedimentos gelatinosos. Cuando el agua
sólo contiene vestigios de sustancias orgánicas de elevado peso molecular y los
coacervados complejos se separan, este mismo fenómeno puede observarse con
frecuencia en condiciones creadas artificialmente, en el cual la acción de los
microorganismos queda excluida.
De este modo la mezcla de diversos
coloides y, en primer lugar, la mezcla de cuerpos proteinoides primitivos en
las aguas de la Tierra, debió originar la formación de coacervados, etapa
importantísima en la evolución de la sustancia orgánica primitiva y en el
proceso que originó la vida. Hasta ese instante, la sustancia orgánica había
estado totalmente adherida al medio circundante, distribuida de una manera
uniforme en toda la masa del disolvente. Al formarse los coacervados, las
moléculas de la sustancia orgánica se unieron en determinados puntos del
espacio y se aislaron del medio circundante por una separación más o menos
clara.
Cada coacervado tomó cierta
individualidad, en contraposición, por así decirlo, al mundo exterior
circundante. Solamente esa separación de los coacervados pudo crear la unidad
dialéctica entre el organismo y el medio, factor fundamental en el proceso de
origen y desarrollo de la vida en la Tierra. Igualmente, con el
surgimiento de los coacervados la materia orgánica tomó determinada estructura.
Pero antes, en las soluciones, no había más que un conglomerado de partículas
que se movían desordenadamente; mientras que en los coacervados, estas
partículas están colocadas, unas con respecto a otras en un orden preciso. En
consecuencia, aquí ya aparecen rudimentos de determinada organización, aunque
realmente, muy elementales. El resultado de esto fue que a las simples
relaciones organoquímicas se agregaran las nuevas leyes de la química coloidal.
Estas leyes también rigen para el protoplasma vivo de los organismos actuales. De
ahí que podamos situar cierta analogía entre las propiedades fisicoquímicas del
protoplasma y nuestros coacervados.
En efecto, ¿podemos afirmar,
basándonos en esto, que los coacervados sean seres vivos? Por supuesto que no.
Y el problema no se basa únicamente en la complejidad de la composición del
protoplasma y en lo delicado de su estructura. En los coacervados obtenidos
artificialmente por nosotros o en aquellas gotas que aparecieron por vía
natural, al desprenderse de la solución de sustancias orgánicas en el océano
primitivo de la Tierra, no reinaba esa “armonía” estructural, esa adaptación de
la organización interna al cumplimiento de determinadas funciones vitales en
condiciones concretas de existencia, tan propia del protoplasma de todos los
seres vivos sin excepción.
Dicha adaptación a las condiciones
del medio ambiente, de ninguna manera podía ser el resultado de simples leyes
físicas o químicas.
De igual modo tampoco bastan para
explicarla las leyes de la química coloidal. De ahí que al originarse los seres
vivos primitivos, sin duda, surgieron en el proceso evolutivo de la materia,
nuevas leyes que poseían ya un carácter biológico.
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